Prefacio: Notas aclaratorias

Publicado: 26 julio, 2014 en West Hill Tale

Mi nombre es Gerom Scher, natural de Sommers, una pequeña villa cercana a West Hill. Es mi voluntad, dados los terribles acontecimientos con los que tuve la mala suerte de toparme y dada mi decisión de entregar el manuscrito, dejar constancia de las circunstancias en las que lo encontré. Su autor Saith Llewellyn sigue desaparecido junto con su hijo y los demás habitantes de West Hill.

Llegué una mañana de primavera nubosa y fría. Era otro día como cualquier otro, y yo simplemente me dispuse a andar las siete millas que separan nuestros pueblos con el propósito de hacer algunas compras en la ferretería de Bert. Al principio no sospeché de la fantasmal quietud del pueblo, iba distraído pensando en otras cosas, y en general el silencio por las mañanas eran ley en West Hill. Cuando llamé a la puerta de la ferretería nadie me abrió, y empecé a extrañarme. Tomé la determinación de no marcharme sin mis compras, y aunque no conocía ninguna otra ferretería por allí, busqué a alguien que pudiera referirme alguna.

No me crucé con nadie por la calle. Me cansé de andar después de haber recorrido el pueblo y haber llegado a una de las casas mas recónditas, apartada de todos los demás. Intenté dejar la timidez a un lado, y llamé a la puerta ya que no había tenido éxito con la búsqueda de sus gentes por las calles. Al golpear la puerta esta se abrió, y aunque me avergüence reconocerlo entré sin pensarlo dos veces. Aquello resultaba de lo más raro, y un temor oculto empezó a instalarse en mi estómago.

—¿Hay alguien aquí? —dije sin mucha convicción.

La única respuesta que obtuve fue el golpe del viento en el cristal de la ventana, lo que consiguió que mis nervios empezaran a aflorar. No sé por qué decidí explorar la casa, ahora que lo pienso bien, fue una temeridad, una estúpida y enorme temeridad. Pero lo hice, sin plantearme muy bien el por qué.

No había nada fuera de lo común, todo estaba ordenado, limpio y sereno. Sereno e inquietante, como el predador que espera paciente el momento de abalanzarse sobre su presa. Entré en el dormitorio de matrimonio, y fue cuando lo vi: Abierto sobre el escritorio, con una tapa dura negra como el carbón, el típico cuadernillo ligero que usualmente hace las veces de diario. Leí las ultimas lineas escritas, y Dios sabe que aun me estremezco por las noches cuando nadie me oye, me estremezco en mis sueños cuando se vuelven oscuros y aquellas palabras me persiguen como voraces serpientes, destruyendo mi entereza mental. Me estremezco ahora, al recordarlas mientras escribo. Dios lo sabe. Lo cogí instintivamente y salí de allí tan rápido como mis piernas podían andar. El silencio seguía rodeando al pueblo, ese condenado y sepulcral silencio.

Mientras recorría el camino hacia mi casa pensé en lo que podía haber pasado allí, manejé muchas posibilidades, incluso algunas que no me atrevo a escribir por miedo a dudar de mi propia calidad mental. De lo que estoy seguro es de alguien o algo se los llevó. Lo hizo rápido, limpio y sin hacer ruido.

No sé cómo ni por qué. Pero sé que se los llevó.

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